En ocasiones, importa más hacer el gesto mínimo de llegar al final del día que tener algo importante que decir.
Antes de que acabe el día, paso a escribir algo.
Pienso que si quiero escribir —o si quiero demostrarme a mí mismo que quiero escribir—, pues tengo que ponerme a hacer eso: escribir.
Pasé a dejar mi nota del día. Un poco redundante, un poco sin tema, un poco nada más por no dejar. Y es que, para no perder una racha, lo primero que hay que hacer es tener una racha.
Es decir, ando acá que viendo que si quesque, que a ver si sí, que si no, que cómo no, que quién sabe… pero sí. Entonces, ¡pues a darle átomos!
O sea: vengo a darme el regalo de mantener el compromiso conmigo mismo de escribir algo diario. No porque “tenga que” —que además ya me conozco y me cagan mucho esas cosas en plan “tengo que… porque a huevo”—, sino más bien porque quiero y porque puedo, aunque casi no llego.
Quizás no es mucho. Quizás no tiene mucha carne. Pero es honesto.
Y es para que no falte, aunque no haga falta.
Que se haga, para que se haga.
Para quitar el cochambre, evidentemente hay que tallarle duro. Pero igual, primero probamos con qué estropajo darle. Y para que se caiga el óxido, una parte es quitarle el óxido, otra parte es ponerle aceite y otra parte es darle movimiento, aunque cueste las primeras veces.
Yo sospecho que no me leen aún. Así que si pongo esto aquí es más para mí que para nadie más.
Pero si por algún motivo alguien lee esto: saludos, queridos lectores.
B.

Deja un comentario