Después de preguntarme si la gente todavía lee blogs, apareció una pregunta más incómoda: ¿todavía vale la pena que yo escriba en uno?
Este texto forma parte de la serie Mi blog como proyecto SEO, donde documento cómo estoy poniendo al día mi blog como archivo, taller y casa propia en Internet.
Porque una cosa es preguntarse por el formato en abstracto. Otra muy distinta es preguntarme por este blog, por este espacio, por esta casa que he mantenido abierta de una forma u otra desde hace años. La primera pregunta puede responderse con datos, tendencias, hábitos de lectura y cambios en la forma en que consumimos contenido en Internet. La segunda no tanto. La segunda se mete en otro lado.
En teoría, quería saber si la gente seguía leyendo blogs. Pero, mientras más le daba vueltas al tema, más parecía que la pregunta era otra: ¿quiero saber si me van a leer o estoy buscando una razón para seguir escribiendo aquí?
Tal vez las dos cosas.
Sí, me gustaría que me leyeran. No voy a fingir que no. Siempre es bonito que alguien llegue a un texto tuyo, se quede un rato, conecte con algo y diga: “Esto también me pasa” o “esto me interesa” o “este güey anda algo que yo también he pensado”. Hace años eso pasaba de otra forma. En una época me leían amigos, desconocidos, gente que compartía gustos conmigo. Incluso conocí personas en la vida real porque antes habían llegado a mi blog. Eso fue bonito. Fue raro, pero bonito.
Hoy no tengo muchas esperanzas de que eso suceda igual. No porque me ponga trágico, sino porque el Internet ya no funciona como funcionaba hace casi veinte años. La atención está en otro lado. Las conversaciones se mueven en otros espacios. Las redes sociales, los feeds, los videos cortos, los newsletters, los chats y ahora también la inteligencia artificial (IA) ocupan lugares que antes podían ocupar los blogs personales.
Y aun así, aquí estoy.
No sé si todavía vale la pena sostener un blog en términos prácticos. Incluso dudo que valga la pena sostenerlo como antes. Ya no lo veo como el centro masivo de descubrimiento, ni como el lugar principal donde “la gente me va a encontrar”, ni como la gran plataforma desde la cual voy a construir presencia, reputación, fama, fortuna, marca personal o lo que sea que en algún momento uno cree que debería construir.
Eso ya no va por ahí. O al menos no para mí.
Pero sí sé algo: lo voy a mantener.
Cariño, terquedad y una esperanza rara
Lo voy a mantener porque le tengo cariño. Un cariño bonito. Un cariño profundo, medio terco, que viene de cuando empecé a escribir en Internet, entre finales de 2006 y principios de 2007. En ese entonces me emocionaba muchísimo la idea de tener un lugar donde pudiera publicar lo que se me ocurriera. No lo hice por dinero. No lo hice por fama. No lo hice pensando en optimización para motores de búsqueda (SEO), ni en estrategia, ni en embudos, ni en autoridad temática, ni en métricas, ni en nada de eso. Lo hice porque quería expresarme.
Porque podía. Porque el blog me daba un lugar para dar rienda suelta a lo que me llamaba la atención, escuchaba, veía, recomendaba o me rondaba por la cabeza.
Y eso me marcó.
Me da orgullo haber empezado. Me da ternurita esa versión de mí. También me da gratitud. No quiero quedarme encerrado en la nostalgia, pero tampoco quiero negarla. El blog me dio cosas. Me dio práctica. Me dio lectores. Me dio conversaciones. Me dio una forma de picarle a algo sin saber del todo qué estaba haciendo. Alguna vez un jefe me dijo que eso era algo bueno que tenía: que me gustaba meterme a las cosas, aunque no supiera todavía cómo funcionaban. Me lanzaba. Le movía. Probaba.
Creo que mucho de eso empezó aquí.
Volver a lo básico, no volver al pasado
También es cierto que leo cosas viejas y ya no siempre me siento cómodo. No diría que me dan pena, pero algunas ya no las publicaría igual. Algunas las editaría. Algunas las borraría. Algunas las dejaría como testimonio de otra época y ya.
Eso también se vale. Cambiar de opinión se vale. Cambiar de tono se vale. Volver a mirar tu archivo y decir “ya no soy este de aquí” también se vale.
No necesito volver a ser el Boris de 2007 para agradecerle haber empezado.
Quizá por eso la referencia que me viene a la cabeza es Get Back, de los Beatles. No porque quiera hacer una gran épica de mi regreso al blog, sino porque hay algo bonito en la idea de volver a lo básico. Volver a tocar. Volver a escribir. Volver a probar. Volver a hacer algo por el gusto de hacerlo, aunque ya no sea igual que antes.
Claro que también sé que después de Get Back los Beatles tronaron. Así que tampoco quiero romantizar demasiado la referencia. No sé si este regreso vaya a durar. No sé si esta será otra vuelta antes de otro hiato. No sé si voy a lograr la constancia que tantas veces he querido recuperar. Pero sí sé que hay algo en escribir por escribir, en recomendar por gusto, en documentar lo que me llama la atención, que todavía me jala.
Y tal vez ahí está la palabra clave: documentar.
Documentar para entenderme
Durante mucho tiempo pensé que lo que hacía era recomendar cosas, hablar de música, compartir links, escribir ocurrencias, opinar sobre lo que me gustaba o registrar cosas que me daban curiosidad. Ahora, casi veinte años después, entiendo que muchas veces lo que quería hacer era documentar. Documentar lo que me interesaba. Documentar lo que estaba pensando. Documentar lo que iba encontrando. Documentar una forma de mirar.
No para ser el nuevo gurú de nada. No para venderme como experto. No para ponerme una careta Prémium. No para convertirme en una marca personal perfectamente empaquetada. De hecho, cada vez que intenté usar este espacio de forma demasiado comercial, o como escaparate experto, o como plataforma para “posicionarme”, algo se apagó. No pegó igual. No se sintió igual. No funcionó igual que cuando simplemente escribía porque algo me interesaba.
Tal vez lo único que sé que quiero hacer ahora es documentar y procesar con cierta inteligencia mi experiencia real.
Eso puede sonar pequeño, pero no lo es.
Documentar no es solo contar lo que hice en el día. No tiene que ser “querido diario, hoy desayuné esto y pensé aquello”. Para mí puede ser otra cosa: registrar lo que descubrí, lo que escuché, lo que leí, lo que me sorprendió, lo que no entendí, lo que estoy intentando aprender, lo que me interesa aunque todavía no sepa por qué.
Puede ser hablar de música. Puede ser recomendar algo. Puede ser seguir una pregunta. Puede ser procesar una etapa de trabajo. Puede ser volver a una obsesión vieja desde otro lugar.
Y eso es distinto a escribir para postearme.
Escribir para entenderme, no por el default de publicarme.
Esa frase me importa porque baja mucho la presión. No necesito definirme completo para empezar a aparecer. No necesito tener resuelto quién soy, qué vendo, qué represento, qué línea editorial perfecta tengo o qué narrativa profesional debo sostener. Quizá solo necesito documentar con honestidad suficiente para que mi voz se vaya revelando en el proceso.
Mi blog como casa base
El blog, entonces, no tiene que ser mi centro comercial. Puede ser mi casa base.
Eso cambia mucho la expectativa. Si le pido al blog que sea mi principal motor de tráfico, mi plataforma de descubrimiento, mi fuente de ingresos, mi portafolio perfecto, mi marca personal, mi medio de comunicación y mi archivo total, lo voy a cargar –y a cagar– con una misión imposible.
Pero si lo entiendo como casa propia, archivo, bitácora, repositorio y lugar de profundidad, entonces respira distinto.
Las redes pueden ser puertas de entrada. Pueden ser señalización. Pueden ser distribución. Pueden ser conversación. La IA puede servirme para rebotar ideas, ordenar documentos, acelerar procesos o adelantar chamba. Los documentos privados pueden servirme para pensar en borrador. Pero el blog me da otra cosa.
Me da archivo.
Me da línea de tiempo.
Me da perspectiva.
Me da propiedad sobre lo que publico.
Y, sobre todo, me da la posibilidad de retomarme.
Esa diferencia me importa mucho. La IA me ayuda a rebotar ideas, pero el blog me ayuda a retomarlas. No es lo mismo platicar con una herramienta que volver a encontrar algo que yo mismo publiqué hace meses o años. Mis intereses van y vienen. A veces se difuminan. A veces desaparecen. Luego, de pronto, regresan. Y cuando regresan, el blog me permite volver al lugar donde me quedé la última vez.
Eso no me pasa igual con los documentos privados. Tengo muchos. Demasiados, probablemente. Pero muchas veces se quedan muertos. Los escribo, los guardo, los abandono. En cambio, cuando algo está publicado, aunque lo haya publicado para mí mismo, adquiere otra presencia. Lo revisito. Lo releo. A veces lo edito. A veces lo actualizo. A veces le cambio el estilo. A veces me da risa. A veces pienso que escribía puras tonterías. Pero vuelve a aparecer.
Publicar no solo hace que otros puedan leerme. También hace que yo pueda volver a encontrarme.
Y eso, para mí, ya es una razón.
No la única. No necesariamente la más práctica. Pero sí una razón.
El costo de sostenerlo
También está el tema del costo. Porque sostener un blog cuesta. No solo dinero, aunque también. Hosting, dominio, herramientas, tiempo, atención, mantenimiento. Tiempo, atención y dinero (TAD). Sería ideal que el blog se sostuviera por sí solo, que fuera una herramienta autosustentable, que de alguna manera justificara su existencia en términos de retorno. Pero mi experiencia en medios digitales me dice que no necesariamente va por ahí.
Si uno quiere que algo sea sustentable como producto, necesita marketing, distribución, estrategia, oferta, mercado. Y este blog, al menos hoy, no lo veo así.
En jerga de consultor: no es un producto estrella que prometa crecer solo. Tampoco es un producto vaca para sostener económicamente todo lo demás. Ni siquiera sé si es un changarro. Más bien se parece a una mascota.
Una mascota doméstica, no una mascota de competencia. No la tengo para llevarla a concursos, ni para que gane premios, ni para presumir que es la más entrenada, la más bonita o la más rentable. La tengo porque le tengo cariño. Porque me acompaña. Porque me da gusto que exista. Porque me pide atención y recursos, sí, pero también me da algo de vuelta.
Y claro: una mascota también puede volverse tema de conversación. Puede hacer que alguien te ubique. Puede llamarle la atención a alguien. Puede ser una forma indirecta de conocerte. Pero no la cuidas principalmente para eso.
Con el blog me pasa algo parecido. Lo voy a tener que subvencionar como gusto. Lo voy a tener que sostener porque quiero, no porque necesariamente se pague solo. Y eso implica aceptar una verdad medio incómoda: si digo que quiero escribir, en algún momento tengo que escribir. O al menos publicar. O al menos volver.
A veces no puedo. A veces flaqueo. A veces lo dejo tirado. Pero por alguna razón aquí estoy, de necio conmigo mismo, intentando probar que sí puedo porque según yo, quiero.
Y sí, suena simple eso de “si eres escritor, escribe”. Pero también no es tan simple. Aunque, al final, quizá siempre vuelve a ser tan simple como eso.
Escribir con más consciencia
También me importa hablar del miedo a que me lean. Porque aunque diga que no creo que pase demasiado, sí hay algo ahí. Si alguien me lee, sería bonito. Pero también sería una responsabilidad. Ya no tengo la misma despreocupación de antes. Después de trabajar tanto tiempo en medios digitales, sé que publicar algo, aunque lo lean dos personas, puede afectar. No quiero escribir para criticar por criticar. No quiero hablar de más sobre cosas que no sé. No quiero venderme como experto si no estoy hablando desde un lugar honesto.
Prefiero recomendar en positivo. Compartir lo que me gusta. Documentar lo que me llama la atención. Procesar lo que estoy pensando. Y, si algo no me gusta, muchas veces quizá la mejor forma de no recomendarlo es simplemente no hablar de eso.
Eso no significa escribir sin postura. Significa cuidar desde dónde escribo.
Quizá por eso el lector más probable de este blog sea mi yo futuro. Ojalá que no sea el único. Me gustaría que también llegaran amigos, desconocidos con gustos parecidos, gente que comparta alguna obsesión, alguien que quiera trabajar conmigo, alguien que llegue por accidente y encuentre algo que le sirva. Pero si soy realista, quien más probablemente va a volver a estos textos soy yo. El yo de después. El que un día busque una idea, una referencia, una versión anterior, una pista de qué estaba pensando.
El yo que lee ahora al yo de hace veinte años.
Eso también me gusta. Porque el blog tiene una propiedad rara frente a otros espacios de Internet: es acumulativo y editable. Un post en redes se pierde. Una story desaparece. Una conversación se diluye. Un tweet se entierra, –si es que todavía le decimos tweet-. En cambio, un artículo puede quedarse, moverse, corregirse, ampliarse, dividirse, fusionarse, actualizarse, reclasificarse.
Un artículo no está escrito en piedra
Un artículo no está escrito en piedra. Ni es un monumento para siempre. Es una versión.
Y tal vez eso también responde por qué volver. No vuelvo para escribir la versión definitiva de nada. Vuelvo para permitirme tener versiones. Como Glenn Gould volviendo a grabar las Variaciones Goldberg porque una interpretación anterior ya no le bastaba desde el lugar en el que estaba después. No porque la primera no existiera. No porque hubiera que borrarla. Sino porque a veces una obra, una idea o una práctica necesitan otra toma.
Quizá este blog también es eso: otra toma.
No sé si vale la pena en términos prácticos. No tengo una respuesta definitiva. Pero sí creo que vale la pena como práctica personal. Vale la pena porque todavía necesito un lugar donde documentar y retomarme. Porque todavía me hago preguntas. Porque tal vez el reto no es generar más preguntas, sino permitir que algunas salgan al mundo antes de resolverlas por completo.
Así que la respuesta, si hay una, no es un sí heroico.
Es más bien un sí con dudas.
Sí, todavía vale la pena que yo escriba en un blog, pero no porque el blog sea el formato ganador de Internet. No porque vaya a traerme fama, tráfico o claridad inmediata. No porque todo tenga que convertirse en estrategia. Vale la pena si dejo de pedirle al blog que sea lo que ya no es y lo entiendo como lo que todavía puede ser para mí: una casa base, un archivo vivo, una forma de documentar, un lugar donde mis ideas puedan quedarse el tiempo suficiente para volver a ellas.
Y si después de todo esto la conclusión sigue siendo una pregunta, quizá no pasa nada.
Quizá justo por eso vale la pena escribirla.
B.
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