• ¿Todavía vale la pena que yo escriba en un blog?

    Después de preguntarme si la gente todavía lee blogs, apareció una pregunta más incómoda: ¿todavía vale la pena que yo escriba en uno?


    Este texto forma parte de la serie Mi blog como proyecto SEO, donde documento cómo estoy poniendo al día mi blog como archivo, taller y casa propia en Internet.


    Porque una cosa es preguntarse por el formato en abstracto. Otra muy distinta es preguntarme por este blog, por este espacio, por esta casa que he mantenido abierta de una forma u otra desde hace años. La primera pregunta puede responderse con datos, tendencias, hábitos de lectura y cambios en la forma en que consumimos contenido en Internet. La segunda no tanto. La segunda se mete en otro lado.

    En teoría, quería saber si la gente seguía leyendo blogs. Pero, mientras más le daba vueltas al tema, más parecía que la pregunta era otra: ¿quiero saber si me van a leer o estoy buscando una razón para seguir escribiendo aquí?

    Tal vez las dos cosas.

    Sí, me gustaría que me leyeran. No voy a fingir que no. Siempre es bonito que alguien llegue a un texto tuyo, se quede un rato, conecte con algo y diga: “Esto también me pasa” o “esto me interesa” o “este güey anda algo que yo también he pensado”. Hace años eso pasaba de otra forma. En una época me leían amigos, desconocidos, gente que compartía gustos conmigo. Incluso conocí personas en la vida real porque antes habían llegado a mi blog. Eso fue bonito. Fue raro, pero bonito.

    Hoy no tengo muchas esperanzas de que eso suceda igual. No porque me ponga trágico, sino porque el Internet ya no funciona como funcionaba hace casi veinte años. La atención está en otro lado. Las conversaciones se mueven en otros espacios. Las redes sociales, los feeds, los videos cortos, los newsletters, los chats y ahora también la inteligencia artificial (IA) ocupan lugares que antes podían ocupar los blogs personales.

    Y aun así, aquí estoy.

    No sé si todavía vale la pena sostener un blog en términos prácticos. Incluso dudo que valga la pena sostenerlo como antes. Ya no lo veo como el centro masivo de descubrimiento, ni como el lugar principal donde “la gente me va a encontrar”, ni como la gran plataforma desde la cual voy a construir presencia, reputación, fama, fortuna, marca personal o lo que sea que en algún momento uno cree que debería construir.

    Eso ya no va por ahí. O al menos no para mí.

    Pero sí sé algo: lo voy a mantener.

    Cariño, terquedad y una esperanza rara

    Lo voy a mantener porque le tengo cariño. Un cariño bonito. Un cariño profundo, medio terco, que viene de cuando empecé a escribir en Internet, entre finales de 2006 y principios de 2007. En ese entonces me emocionaba muchísimo la idea de tener un lugar donde pudiera publicar lo que se me ocurriera. No lo hice por dinero. No lo hice por fama. No lo hice pensando en optimización para motores de búsqueda (SEO), ni en estrategia, ni en embudos, ni en autoridad temática, ni en métricas, ni en nada de eso. Lo hice porque quería expresarme.

    Porque podía. Porque el blog me daba un lugar para dar rienda suelta a lo que me llamaba la atención, escuchaba, veía, recomendaba o me rondaba por la cabeza.

    Y eso me marcó.

    Me da orgullo haber empezado. Me da ternurita esa versión de mí. También me da gratitud. No quiero quedarme encerrado en la nostalgia, pero tampoco quiero negarla. El blog me dio cosas. Me dio práctica. Me dio lectores. Me dio conversaciones. Me dio una forma de picarle a algo sin saber del todo qué estaba haciendo. Alguna vez un jefe me dijo que eso era algo bueno que tenía: que me gustaba meterme a las cosas, aunque no supiera todavía cómo funcionaban. Me lanzaba. Le movía. Probaba.

    Creo que mucho de eso empezó aquí.

    Volver a lo básico, no volver al pasado

    También es cierto que leo cosas viejas y ya no siempre me siento cómodo. No diría que me dan pena, pero algunas ya no las publicaría igual. Algunas las editaría. Algunas las borraría. Algunas las dejaría como testimonio de otra época y ya.

    Eso también se vale. Cambiar de opinión se vale. Cambiar de tono se vale. Volver a mirar tu archivo y decir “ya no soy este de aquí” también se vale.

    No necesito volver a ser el Boris de 2007 para agradecerle haber empezado.

    Quizá por eso la referencia que me viene a la cabeza es Get Back, de los Beatles. No porque quiera hacer una gran épica de mi regreso al blog, sino porque hay algo bonito en la idea de volver a lo básico. Volver a tocar. Volver a escribir. Volver a probar. Volver a hacer algo por el gusto de hacerlo, aunque ya no sea igual que antes.

    Claro que también sé que después de Get Back los Beatles tronaron. Así que tampoco quiero romantizar demasiado la referencia. No sé si este regreso vaya a durar. No sé si esta será otra vuelta antes de otro hiato. No sé si voy a lograr la constancia que tantas veces he querido recuperar. Pero sí sé que hay algo en escribir por escribir, en recomendar por gusto, en documentar lo que me llama la atención, que todavía me jala.

    Y tal vez ahí está la palabra clave: documentar.

    Documentar para entenderme

    Durante mucho tiempo pensé que lo que hacía era recomendar cosas, hablar de música, compartir links, escribir ocurrencias, opinar sobre lo que me gustaba o registrar cosas que me daban curiosidad. Ahora, casi veinte años después, entiendo que muchas veces lo que quería hacer era documentar. Documentar lo que me interesaba. Documentar lo que estaba pensando. Documentar lo que iba encontrando. Documentar una forma de mirar.

    No para ser el nuevo gurú de nada. No para venderme como experto. No para ponerme una careta Prémium. No para convertirme en una marca personal perfectamente empaquetada. De hecho, cada vez que intenté usar este espacio de forma demasiado comercial, o como escaparate experto, o como plataforma para “posicionarme”, algo se apagó. No pegó igual. No se sintió igual. No funcionó igual que cuando simplemente escribía porque algo me interesaba.

    Tal vez lo único que sé que quiero hacer ahora es documentar y procesar con cierta inteligencia mi experiencia real.

    Eso puede sonar pequeño, pero no lo es.

    Documentar no es solo contar lo que hice en el día. No tiene que ser “querido diario, hoy desayuné esto y pensé aquello”. Para mí puede ser otra cosa: registrar lo que descubrí, lo que escuché, lo que leí, lo que me sorprendió, lo que no entendí, lo que estoy intentando aprender, lo que me interesa aunque todavía no sepa por qué.

    Puede ser hablar de música. Puede ser recomendar algo. Puede ser seguir una pregunta. Puede ser procesar una etapa de trabajo. Puede ser volver a una obsesión vieja desde otro lugar.

    Y eso es distinto a escribir para postearme.

    Escribir para entenderme, no por el default de publicarme.

    Esa frase me importa porque baja mucho la presión. No necesito definirme completo para empezar a aparecer. No necesito tener resuelto quién soy, qué vendo, qué represento, qué línea editorial perfecta tengo o qué narrativa profesional debo sostener. Quizá solo necesito documentar con honestidad suficiente para que mi voz se vaya revelando en el proceso.

    Mi blog como casa base

    El blog, entonces, no tiene que ser mi centro comercial. Puede ser mi casa base.

    Eso cambia mucho la expectativa. Si le pido al blog que sea mi principal motor de tráfico, mi plataforma de descubrimiento, mi fuente de ingresos, mi portafolio perfecto, mi marca personal, mi medio de comunicación y mi archivo total, lo voy a cargar –y a cagar– con una misión imposible.

    Pero si lo entiendo como casa propia, archivo, bitácora, repositorio y lugar de profundidad, entonces respira distinto.

    Las redes pueden ser puertas de entrada. Pueden ser señalización. Pueden ser distribución. Pueden ser conversación. La IA puede servirme para rebotar ideas, ordenar documentos, acelerar procesos o adelantar chamba. Los documentos privados pueden servirme para pensar en borrador. Pero el blog me da otra cosa.

    Me da archivo.

    Me da línea de tiempo.

    Me da perspectiva.

    Me da propiedad sobre lo que publico.

    Y, sobre todo, me da la posibilidad de retomarme.

    Esa diferencia me importa mucho. La IA me ayuda a rebotar ideas, pero el blog me ayuda a retomarlas. No es lo mismo platicar con una herramienta que volver a encontrar algo que yo mismo publiqué hace meses o años. Mis intereses van y vienen. A veces se difuminan. A veces desaparecen. Luego, de pronto, regresan. Y cuando regresan, el blog me permite volver al lugar donde me quedé la última vez.

    Eso no me pasa igual con los documentos privados. Tengo muchos. Demasiados, probablemente. Pero muchas veces se quedan muertos. Los escribo, los guardo, los abandono. En cambio, cuando algo está publicado, aunque lo haya publicado para mí mismo, adquiere otra presencia. Lo revisito. Lo releo. A veces lo edito. A veces lo actualizo. A veces le cambio el estilo. A veces me da risa. A veces pienso que escribía puras tonterías. Pero vuelve a aparecer.

    Publicar no solo hace que otros puedan leerme. También hace que yo pueda volver a encontrarme.

    Y eso, para mí, ya es una razón.

    No la única. No necesariamente la más práctica. Pero sí una razón.

    El costo de sostenerlo

    También está el tema del costo. Porque sostener un blog cuesta. No solo dinero, aunque también. Hosting, dominio, herramientas, tiempo, atención, mantenimiento. Tiempo, atención y dinero (TAD). Sería ideal que el blog se sostuviera por sí solo, que fuera una herramienta autosustentable, que de alguna manera justificara su existencia en términos de retorno. Pero mi experiencia en medios digitales me dice que no necesariamente va por ahí.

    Si uno quiere que algo sea sustentable como producto, necesita marketing, distribución, estrategia, oferta, mercado. Y este blog, al menos hoy, no lo veo así.

    En jerga de consultor: no es un producto estrella que prometa crecer solo. Tampoco es un producto vaca para sostener económicamente todo lo demás. Ni siquiera sé si es un changarro. Más bien se parece a una mascota.

    Una mascota doméstica, no una mascota de competencia. No la tengo para llevarla a concursos, ni para que gane premios, ni para presumir que es la más entrenada, la más bonita o la más rentable. La tengo porque le tengo cariño. Porque me acompaña. Porque me da gusto que exista. Porque me pide atención y recursos, sí, pero también me da algo de vuelta.

    Y claro: una mascota también puede volverse tema de conversación. Puede hacer que alguien te ubique. Puede llamarle la atención a alguien. Puede ser una forma indirecta de conocerte. Pero no la cuidas principalmente para eso.

    Con el blog me pasa algo parecido. Lo voy a tener que subvencionar como gusto. Lo voy a tener que sostener porque quiero, no porque necesariamente se pague solo. Y eso implica aceptar una verdad medio incómoda: si digo que quiero escribir, en algún momento tengo que escribir. O al menos publicar. O al menos volver.

    A veces no puedo. A veces flaqueo. A veces lo dejo tirado. Pero por alguna razón aquí estoy, de necio conmigo mismo, intentando probar que sí puedo porque según yo, quiero.

    Y sí, suena simple eso de “si eres escritor, escribe”. Pero también no es tan simple. Aunque, al final, quizá siempre vuelve a ser tan simple como eso.

    Escribir con más consciencia

    También me importa hablar del miedo a que me lean. Porque aunque diga que no creo que pase demasiado, sí hay algo ahí. Si alguien me lee, sería bonito. Pero también sería una responsabilidad. Ya no tengo la misma despreocupación de antes. Después de trabajar tanto tiempo en medios digitales, sé que publicar algo, aunque lo lean dos personas, puede afectar. No quiero escribir para criticar por criticar. No quiero hablar de más sobre cosas que no sé. No quiero venderme como experto si no estoy hablando desde un lugar honesto.

    Prefiero recomendar en positivo. Compartir lo que me gusta. Documentar lo que me llama la atención. Procesar lo que estoy pensando. Y, si algo no me gusta, muchas veces quizá la mejor forma de no recomendarlo es simplemente no hablar de eso.

    Eso no significa escribir sin postura. Significa cuidar desde dónde escribo.

    Quizá por eso el lector más probable de este blog sea mi yo futuro. Ojalá que no sea el único. Me gustaría que también llegaran amigos, desconocidos con gustos parecidos, gente que comparta alguna obsesión, alguien que quiera trabajar conmigo, alguien que llegue por accidente y encuentre algo que le sirva. Pero si soy realista, quien más probablemente va a volver a estos textos soy yo. El yo de después. El que un día busque una idea, una referencia, una versión anterior, una pista de qué estaba pensando.

    El yo que lee ahora al yo de hace veinte años.

    Eso también me gusta. Porque el blog tiene una propiedad rara frente a otros espacios de Internet: es acumulativo y editable. Un post en redes se pierde. Una story desaparece. Una conversación se diluye. Un tweet se entierra, –si es que todavía le decimos tweet-. En cambio, un artículo puede quedarse, moverse, corregirse, ampliarse, dividirse, fusionarse, actualizarse, reclasificarse.

    Un artículo no está escrito en piedra

    Un artículo no está escrito en piedra. Ni es un monumento para siempre. Es una versión.

    Y tal vez eso también responde por qué volver. No vuelvo para escribir la versión definitiva de nada. Vuelvo para permitirme tener versiones. Como Glenn Gould volviendo a grabar las Variaciones Goldberg porque una interpretación anterior ya no le bastaba desde el lugar en el que estaba después. No porque la primera no existiera. No porque hubiera que borrarla. Sino porque a veces una obra, una idea o una práctica necesitan otra toma.

    Quizá este blog también es eso: otra toma.

    No sé si vale la pena en términos prácticos. No tengo una respuesta definitiva. Pero sí creo que vale la pena como práctica personal. Vale la pena porque todavía necesito un lugar donde documentar y retomarme. Porque todavía me hago preguntas. Porque tal vez el reto no es generar más preguntas, sino permitir que algunas salgan al mundo antes de resolverlas por completo.

    Así que la respuesta, si hay una, no es un sí heroico.

    Es más bien un sí con dudas.

    Sí, todavía vale la pena que yo escriba en un blog, pero no porque el blog sea el formato ganador de Internet. No porque vaya a traerme fama, tráfico o claridad inmediata. No porque todo tenga que convertirse en estrategia. Vale la pena si dejo de pedirle al blog que sea lo que ya no es y lo entiendo como lo que todavía puede ser para mí: una casa base, un archivo vivo, una forma de documentar, un lugar donde mis ideas puedan quedarse el tiempo suficiente para volver a ellas.

    Y si después de todo esto la conclusión sigue siendo una pregunta, quizá no pasa nada.

    Quizá justo por eso vale la pena escribirla.

    B.


    Sigue la serie Mi blog como proyecto SEO.

    Anterior: ¿La gente sigue leyendo blogs?

    Siguiente: El problema de tener muchas ideas conectadas entre sí

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  • ¿La gente sigue leyendo blogs?

    O la pregunta real es otra: ¿en qué momentos todavía estamos dispuestos a leer algo largo en internet?


    Este texto forma parte de la serie Mi blog como proyecto SEO, donde documento cómo estoy poniendo al día mi blog como archivo, taller y casa propia en Internet.


    Todo empezó con una intención aparentemente sencilla: poner al día mi blog.

    Darle orden, propósito y arquitectura a este espacio. Revisar categorías, plugins, imágenes, optimización para motores de búsqueda (SEO), navegación y todas esas cosas que, vistas desde fuera, parecen puro mantenimiento, pero que en realidad también dicen mucho sobre cómo se habita una casa digital.

    Esa intención empezó a crecer y terminó convirtiéndose en una serie: Mi blog como proyecto SEO. Una forma de documentar el proceso de arreglar este sitio mientras intento entender qué quiero que sea. Pero antes de mover muebles, pintar paredes o revisar si las puertas abren bien, me apareció una pregunta incómoda: ¿la gente sigue leyendo blogs?

    La pregunta importa porque, antes de dedicar tiempo a ordenar un blog, necesitaba entender si todavía tiene sentido sostener uno. No para decidir si lo mato o no —creo que eso no está realmente sobre la mesa—, sino para ubicarlo mejor: saber qué puede ser, qué ya no puede ser y qué papel puede tener dentro de una vida digital que ya no depende de un solo lugar.

    La pregunta parecía sencilla, pero no lo era

    “¿La gente sigue leyendo blogs?” suena como una pregunta que podría resolverse con una estadística rápida. Algo como: “X porcentaje de personas todavía lee blogs”, “los blogs siguen siendo relevantes para SEO” o “el blog murió desde que existen TikTok, YouTube, y la inteligencia artificial”.

    Y sí, esos datos pueden servir. Pero mientras más me metí en el tema, más me di cuenta de que la pregunta estaba medio tramposa. No porque estuviera mal, sino porque antes había que aclarar algo: ¿a qué le estamos llamando blog hoy?

    Porque tal vez la gente ya no dice: “voy a leer blogs”. Pero sí entra a páginas escritas para resolver dudas, comparar opciones, entender algo, revisar una opinión o buscar una explicación que no cabe en un post corto, un video o una respuesta automática.

    Entonces quizá la respuesta no está en saber si el blog sigue vivo como palabra, sino si sigue vivo como comportamiento. Quizá la pregunta es si la gente todavía lee páginas escritas, consultables, enlazables, actualizables y con suficiente profundidad como para justificar que existan.

    Y ahí la cosa se pone más interesante.

    Tal vez la gente no lee “blogs”, pero sí lee cosas que viven como blogs

    A partir de las fuentes que revisé, una idea empezó a tomar forma: la gente sí sigue leyendo muchos contenidos que podríamos llamar “tipo blog”, pero cada vez menos los reconoce bajo la etiqueta mental de “leer blogs”.

    El viejo blog como destino habitual —ese lugar al que entrabas porque seguías a una persona, una marca, una comunidad o una serie de publicaciones— perdió centralidad. Pero el formato no desapareció: se fragmentó.

    Hoy lo que antes llamábamos blog aparece repartido entre resultados de buscadores, redes sociales, newsletters, foros, documentación, páginas de referencia, publicaciones profesionales, plataformas tipo Medium o Substack y, cada vez más, respuestas mediadas por inteligencia artificial (IA).

    Dicho de otra forma: el blog ya no siempre se reconoce como blog. A veces aparece como receta, guía, reseña, artículo, documentación, explicación o publicación larga. No siempre importa cómo lo nombramos, importa qué función cumple.

    Esto cambia mucho la conversación. Porque si le preguntas a alguien “¿lees blogs?”, quizá te diga que no. Pero si le preguntas si en el último mes buscó cómo hacer algo, comparó una compra, leyó una guía, revisó una reseña, consultó una receta o abrió una explicación en Google, probablemente la respuesta sea distinta.

    La etiqueta se debilitó. El comportamiento, no necesariamente.

    Ya no leemos por hábito, leemos bajo condición

    Esta es, para mí, una de las ideas más importantes. El desplazamiento no parece ser de “texto” a “no texto”. No es tan simple como decir que la gente ya no lee porque ahora todo es video, redes, IA o consumo rápido.

    El cambio más fuerte parece ser otro:

    Pasamos de la lectura por hábito a la lectura bajo condición.

    Antes, en cierto Internet, podías seguir blogs como quien seguía revistas, diarios personales o columnas. Entrabas porque ya conocías el sitio, porque querías leer a alguien, porque ese espacio tenía una cadencia. Hoy eso todavía existe, pero no es la regla general.

    Ahora la lectura se activa cuando hay una necesidad concreta o una promesa suficientemente clara: resolver algo, entender algo, comparar mejor, verificar una duda, profundizar en un tema o seguir una voz que ya te dio razones para confiar.

    Esto se ve en datos recientes, aunque no hablen de “blogs” como tal. El Digital News Report 2025, de Reuters Institute muestra que el texto sigue siendo una forma importante de consumo informativo, aunque hoy convive con video, redes, agregadores y creadores. Y el reporte Adults’ Media Use and Attitudes 2025, de Ofcom ayuda a entender por qué la web escrita sigue importando: los buscadores siguen siendo una puerta fuerte cuando la gente necesita resolver cosas concretas, como compras, estudios, hobbies o información práctica.

    La gente no necesariamente entra a “ver qué hay de nuevo en un blog”. Entra porque necesita algo, porque algo le dio curiosidad o porque cree que ahí puede encontrar una respuesta mejor que en otro lado. Y si el contenido se lo da, se queda. Si no, se va.

    Sin drama. Sin nostalgia. Sin remordimiento.

    Porque Internet ya tiene demasiadas alternativas para perdonar una página que no cumple lo que promete.

    Leer en Internet casi nunca empieza como lectura completa

    Aquí también hay que bajarse de una fantasía. Cuando hablamos de leer, a veces imaginamos a alguien sentado, tranquilo, con una taza de café, recorriendo un texto de principio a fin. Y sí, eso puede pasar. Pero en Internet, muchas veces leer significa otra cosa: escanear, saltar, buscar un subtítulo, ver si la página tiene la respuesta, decidir si vale la pena, guardar para después, copiar un dato, comparar con otra fuente o ir directo a la sección que resuelve la duda.

    Nielsen Norman Group lleva años documentando algo que cualquiera que haya leído en Internet puede reconocer: muchas veces no empezamos leyendo palabra por palabra, sino escaneando. Buscamos señales de que la página nos sirve. De hecho, también han identificado distintos patrones de lectura y escaneo en pantalla, desde el famoso patrón en F hasta formas más comprometidas de lectura cuando la persona encuentra algo que realmente vale su atención.

    Esto no necesariamente es mala noticia. Escanear no significa que nadie lea. Escanear significa que la lectura se negocia. El lector entra y pregunta, aunque no lo diga: ¿esto me sirve?, ¿esto es confiable?, ¿esto va al punto?, ¿me da algo que no encuentro más rápido en otro lado?, ¿esta voz vale mi tiempo?

    Si la respuesta es sí, puede haber lectura. Si la respuesta es no, el texto se cae.

    El blog ya no es el destino, es una pieza dentro de un sistema

    Otra idea importante: el blog ya no suele ser el punto de partida. En muchos casos, la gente no llega porque haya decidido “entrar a un blog”, sino porque algo la empujó hacia una página concreta: una búsqueda en Google, una liga compartida, un newsletter, una recomendación en redes, una conversación, una consulta técnica o incluso una respuesta de IA que cita o resume contenido web.

    Eso cambia el papel del blog. Ya no funciona tan bien como “centro de atención” por sí mismo. Funciona mejor como una capa de profundidad, archivo y consulta dentro de un sistema más amplio.

    En otras palabras: el blog ya no tiene que cargar solo con todo el trabajo de atraer, retener, convencer, entretener, posicionar, distribuir y convertir. Si uno le pide eso, probablemente se va a frustrar. Pero si lo entiende como una pieza dentro de un ecosistema, la cosa cambia: las redes pueden descubrir, la newsletter puede recordar, el buscador puede conectar intención con respuesta, el video puede demostrar y la IA puede resumir. El blog, mientras tanto, todavía puede ordenar, sostener, profundizar, enlazar, archivar y dejar una pieza consultable.

    No es poca cosa.

    Nada más que ya no es toda la cosa.

    ¿Qué tipos de contenidos tipo blog siguen funcionando?

    Aquí la respuesta tampoco es pareja. No todo lo que se publica como blog tiene el mismo futuro, ni todo texto largo justifica la atención que pide.

    Los contenidos que mejor conservan relevancia son los que hacen algo por el lector: le ayudan a resolver, comparar, entender, verificar, ejecutar o profundizar. No porque la gente “ame los blogs” en abstracto, sino porque esos formatos siguen resolviendo tareas donde el texto tiene ventajas muy claras.

    El texto permite buscar dentro, volver, copiar, citar, escanear, enlazar y leer a tu ritmo. No siempre es el formato más atractivo, pero muchas veces sigue siendo el más útil.

    Un video puede mostrar muy bien cómo se ve algo, cómo se mueve, cómo suena o cómo se hace. Pero si necesito comparar tres opciones, seguir un paso a paso con calma o verificar una fuente, el texto todavía tiene una ventaja enorme.

    En terrenos técnicos esto se ve muy claro. La Stack Overflow Developer Survey no habla de blogs personales ni de lectores en general, pero sí muestra algo útil: cuando una tarea exige precisión, referencia y solución de problemas, la documentación, los tutoriales escritos y otros recursos textuales siguen teniendo muchísimo peso.

    Por eso la pregunta no debería ser solamente:

    «¿El blog sigue funcionando?»

    Sino:

    «¿Para qué tipo de contenido sigue siendo el mejor lugar?»

    Y ahí hay una respuesta bastante clara: funciona cuando ofrece utilidad, profundidad, confianza, archivo o una voz que vale la pena seguir.

    Lo que sí parece estar muriendo es el blog genérico

    Si algo sale raspado, no es el blog como formato. Es el blog genérico: el post escrito nada más para llenar calendario, el artículo SEO sin experiencia propia, el texto que resume lo que otros ya dijeron, el contenido de marca que no resuelve nada, la opinión que no tiene mirada o la página que promete responder algo y deja al lector con más necesidad de volver a buscar.

    Ese tipo de blog sí la tiene difícil, no solo porque haya más formatos compitiendo por atención, sino porque su debilidad queda expuesta muy rápido: si no aporta experiencia, mirada, utilidad o una razón clara para seguir leyendo, se vuelve reemplazable. Puede ser sustituido por una búsqueda rápida, por una respuesta automática, por un video, por un hilo, por una reseña o simplemente por otro texto mejor.

    Google mismo insiste, en su documentación sobre contenido útil, confiable y centrado en las personas, en que no basta producir contenido para aparecer en buscadores. La pregunta de fondo no debería ser solamente “¿esto puede rankear?”, sino: ¿esto ayuda?, ¿ofrece algo propio?, ¿deja satisfecho al lector o solo existe para ocupar espacio?

    Por eso la pregunta no es solo si conviene “tener blog”. La pregunta es qué hace ese blog que no podría hacer mejor otra cosa. ¿Ordena una idea? ¿Profundiza en un tema? ¿Documenta un proceso? ¿Construye archivo? ¿Da contexto? ¿Ofrece una voz que no se puede sustituir con un resumen genérico?

    Aquí es donde el blog todavía puede defenderse. No por existir, sino por cumplir una función. Si una entrada no ayuda a pensar, resolver, encontrar, recordar, entender o conectar algo, entonces probablemente no necesita ser una entrada. O al menos no necesita pedirle al lector que le regale diez minutos de atención.

    Esto no mata la idea de tener un blog, pero sí le quita la comodidad. Ya no basta con abrir una sección de “blog” y esperar que eso signifique algo. El espacio tiene que ganarse su lugar.

    La IA no mata al blog, pero sí le cambia el piso

    También está el elefante en la habitación: la IA. Si una respuesta automática puede resumir lo que antes buscábamos en tres o cuatro artículos, ¿para qué entrar a leer?

    Pues depende. Para preguntas simples, probablemente muchas veces ya no haga falta entrar. Si quiero una definición rápida, una lista básica, una explicación general o una orientación inicial, una IA o un resumen de búsqueda puede ser suficiente. Y lo digo con toda honestidad: muchas veces, cuando empiezo consultando con IA, también me sigo de largo ahí.

    Por eso no me interesa fingir que la IA no cambia nada. Sí cambia. Cambia la primera lectura, cambia la forma de buscar, cambia la paciencia con los textos genéricos y cambia la cantidad de clics que una página puede recibir.

    Pew Research Center encontró en 2025 que, cuando aparece un resumen de IA en Google, los usuarios hacen menos clic en resultados tradicionales que cuando ese resumen no aparece. Ese dato no dice “nadie va a volver a leer”, pero sí confirma algo importante: si la respuesta queda suficientemente resuelta antes del clic, muchas veces el clic ya no ocurre.

    El estudio AP-NORC sobre adopción de IA también muestra que la IA ya se usa para buscar información, especialmente entre personas jóvenes. Eso no significa que toda lectura profunda desaparezca, pero sí confirma que una parte de la búsqueda que antes terminaba en varias páginas abiertas hoy puede empezar —y a veces quedarse— en una respuesta automática.

    Entonces el blog no puede defenderse fingiendo que sigue siendo la primera parada. En muchos casos ya no lo será. Donde todavía puede tener valor es en otra parte: como fuente, respaldo, archivo, desarrollo, punto de vista o lugar donde algo queda explicado con más contexto y más responsabilidad que en una respuesta fugaz.

    Eso lo veo más claramente en contextos profesionales, académicos, técnicos o de investigación, donde todavía hay personas que necesitan revisar fuentes, comparar criterios, guardar referencias o entender de dónde salió una idea. No necesariamente hablo de “la gente” en general. Hablo de situaciones donde la profundidad, la trazabilidad o la confianza importan más que la respuesta rápida.

    Eso no salva a todos los blogs.

    Pero sí deja una puerta abierta para los que tienen algo propio que aportar.

    El blog personal es el caso más complicado

    Hasta aquí, todo suena relativamente claro cuando hablamos de recetas, tutoriales, documentación, reseñas o guías. Pero el blog personal es otra cosa. Y ahí la evidencia se vuelve menos contundente.

    Hay buena información sobre noticias, documentación técnica, reseñas, búsqueda, video e IA. Pero hay menos medición reciente y representativa sobre el blog personal clásico: ese blog de reflexión, diario, pensamiento, proceso o voz propia.

    Y tiene sentido, porque buena parte de esa energía se movió a otros lugares: redes sociales, newsletters, podcasts, comunidades, publicaciones largas en plataformas con distribución integrada o creadores que ya no se presentan como bloggers, aunque sigan haciendo algo muy parecido: pensar en público, contar procesos, construir criterio y compartir una voz.

    Entonces no creo que la voz personal haya muerto. Creo que cambió de contenedor.

    Y aquí aparece una distinción que me interesa mucho: una cosa es que el blog personal ya no sea el mejor formato para descubrir a alguien, y otra muy diferente, es que ya no sirva como archivo de una voz.

    Tal vez el blog personal ya no funciona tan bien como plaza pública, si entendemos la plaza como ese lugar donde la gente pasa, te encuentra, conversa rápido, comparte algo y sigue su camino. Para eso hoy las redes, las plataformas y los feeds parecen tener más fuerza.

    Pero eso no significa que el blog personal ya no tenga lugar. Tal vez su valor está en otra metáfora: no como plaza, sino como casa. Un espacio propio, con estructura, memoria y cuartos distintos. Dentro de esa casa puede haber un taller, donde las ideas se acomodan y se trabajan con más calma; un laboratorio, donde se prueban hipótesis, formatos, rutas, temas y maneras de pensar; y también un archivo, donde los procesos quedan y una voz puede leerse con más espacio.

    Visto así, algo que nació como nota, duda o crisis puede convertirse en pieza. No porque el blog sea el lugar más ruidoso de internet, sino porque puede ser uno de los lugares donde las ideas no solo pasan: se quedan.

    Y quizá ahí está su valor actual. No necesariamente en prometer alcance inmediato, sino en sostener una continuidad. En dejar rastro. En permitir que una persona, una búsqueda, una obsesión o una etapa tengan un lugar donde puedan ser revisitadas, conectadas y entendidas después.

    El blog personal no compite tan bien por atención rápida. Pero puede seguir siendo muy poderoso como archivo vivo.

    Entonces, ¿la gente sigue leyendo blogs?

    Sí, pero no como antes. Y quizá tampoco bajo esa etiqueta.

    La gente no necesariamente “lee blogs” por lealtad al formato, ni entra a recorrerlos de principio a fin como quien abre una revista. Pero sí sigue leyendo textos largos cuando esos textos hacen algo que vale la pena: resolver una duda, ordenar un tema, comparar opciones, dar contexto, sostener una voz, dejar archivo o explicar algo mejor de lo que podría hacerlo una respuesta rápida.

    Por eso la respuesta no me sirve si es solo “sí” o “no”. Me sirve más entender que el blog perdió fuerza como categoría cultural y como destino habitual, pero no necesariamente como infraestructura. Todavía puede funcionar como guía, referencia, bitácora, documentación, análisis, archivo o publicación con voz propia.

    Esa respuesta me gusta porque no romantiza el blog.

    Pero tampoco lo entierra.

    Lo pone en su lugar.

    Quizá la pregunta no era sólo si la gente lee blogs

    Llegué a esta pregunta pensando que quería responder algo bastante directo: ¿la gente sigue leyendo blogs? Pero la respuesta me llevó a otra parte. Porque si el blog ya no es lo que era, entonces la pregunta deja de ser solamente si la gente lo lee. También importa preguntarse qué tipo de contenido merece vivir en un blog hoy y qué papel puede tener un blog dentro de una vida digital que ya no depende de un solo lugar.

    Si lo que quieres es alcance rápido, probablemente el blog no sea el mejor centro de gravedad. Si lo que quieres es conversación inmediata, quizá tampoco. Si lo que quieres es exposición algorítmica, menos. Pero si lo que buscas es construir archivo, desarrollar ideas, dejar rastro, organizar conocimiento, tener una casa propia, sostener una voz, profundizar en temas y crear piezas que puedan seguir siendo consultables después de que pase el ruido del feed, entonces el blog todavía tiene sentido.

    No como antes. No como todo. No como garantía. Pero sí como infraestructura.

    Quizá esa es la respuesta más honesta: la gente sigue leyendo blogs cuando el blog deja de actuar como “blog” en abstracto y empieza a comportarse como algo más útil: una guía, una referencia, una explicación, una bitácora, un archivo, una voz, una prueba de pensamiento. Lo demás es nostalgia. O peor: relleno.

    Antes de arreglar una casa, quería saber si todavía tenía sentido habitarla. Por eso esta pregunta tenía que aparecer temprano. Antes de hablar de arquitectura de información, SEO, imágenes, plugins, Analytics o cualquier otra cosa, necesitaba preguntarme si la casa todavía tenía sentido.

    Y la respuesta que me voy llevando no es: “sí, porque los blogs están de moda”. Tampoco es: “no, porque ya nadie lee”. La respuesta es más modesta, pero más útil: tal vez la gente ya no lee blogs como antes, pero todavía necesitamos espacios propios para pensar, ordenar, buscar, archivar y volver.

    Eso cambia el peso del asunto. Porque entonces arreglar el blog ya no es solo una tarea técnica. Es decidir qué papel puede tener este espacio dentro de una vida digital que ya no depende de un solo lugar.

    Tal vez el blog ya no tiene que competir con redes sociales, newsletters, videos o plataformas. Tal vez su papel es otro: ser casa, archivo, taller, jardín o laboratorio. Un lugar donde las ideas no solo pasan, sino que se quedan.

    Y si va a ser eso, entonces sí vale la pena arreglarlo.

    B.


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  • Serie: Mi blog como proyecto SEO

    Puse al día mi blog, no solo como tarea técnica, sino como una forma de entender qué lugar ocupa esta casa digital en mi vida creativa, profesional y editorial.


    Este texto forma parte de la serie Mi blog como proyecto SEO, donde documento cómo estoy poniendo al día mi blog como archivo, taller y casa propia en Internet.


    Me di a la labor de poner al día mi blog. Lo que empezó como una lista de pendientes —revisar categorías, limpiar etiquetas, pensar mejor la optimización para motores de búsqueda (SEO), ordenar rutas, actualizar plugins, ajustar imágenes y entender qué dicen las métricas— empezó a crecer hasta convertirse en otra cosa: una forma de revisar la casa desde adentro.

    Porque optimizar un blog no es solamente ajustar títulos, comprimir imágenes o instalar herramientas. También implica decidir qué merece vivir aquí, cómo se conecta una idea con otra, qué rutas puede seguir una persona que llega por primera vez, qué textos siguen teniendo sentido y qué partes del sitio todavía representan la forma en que pienso, trabajo y escribo.

    Esta serie documenta ese proceso.

    No como tutorial definitivo ni como guía universal para que todo el mundo haga lo mismo, sino como un caso práctico: mi propio blog convertido en un proyecto editorial y de arquitectura digital.

    La idea es poner al día la casa sin convertirla en una fábrica de contenido. Que pueda encontrarse, sí. Que pueda leerse mejor, también. Que tenga estructura, rutas, enlaces, categorías y páginas más claras. Pero sin perder lo que para mí vuelve valioso este espacio: su posibilidad de ser archivo, casa, taller, laboratorio y sistema de pensamiento.

    El blog como casa es una metáfora grande. Dentro puede haber un taller, donde las ideas se trabajan; un laboratorio, donde pruebo hipótesis, formatos y herramientas; un jardín, donde algunas cosas crecen de forma menos lineal; y un archivo, donde quedan rastros de lo que he pensado, hecho, aprendido o intentado entender.

    Esta ruta va de eso: de arreglar la casa para volver a escribir, pero también para que lo escrito pueda encontrarse, recorrerse y conectarse mejor.

    Lo importante es que el proceso quede documentado: desde la duda inicial sobre si todavía tiene sentido escribir en un blog, hasta las decisiones concretas sobre SEO, arquitectura, navegación, herramientas y medición.


    Mapa de la serie

    Bloque 1: Sentido y punto de partida

    Antes de optimizar algo, necesito entender por qué vale la pena conservarlo, sostenerlo y darle estructura. Este bloque abre la pregunta de fondo: qué sentido tiene tener un blog hoy y qué papel puede ocupar dentro de una vida digital que ya no depende de un solo lugar.

    1. ¿La gente sigue leyendo blogs?

    O la pregunta real es otra: ¿en qué momentos todavía estamos dispuestos a leer algo largo en Internet?

    2. ¿Todavía vale la pena que yo escriba en un blog?

    Después de preguntarme si la gente todavía lee blogs, apareció una pregunta más incómoda: ¿todavía vale la pena que yo escriba en uno?

    3. El problema de tener muchas ideas conectadas entre sí

    4. Punto de partida: así está mi blog antes de modificarlo

    Bloque 2: Propósito, arquitectura y posible casa

    Antes de mover muebles, conviene tomarle foto a la casa. Este bloque funciona como punto de partida: qué hay, qué está roto, qué está desordenado, qué sigue vivo y qué necesita revisión.

    También define qué estructura inicial se necesita antes de empezar a tomar decisiones visuales, editoriales o técnicas.

    5. Qué es este sitio para mí

    6. Para quién escribo cuando escribo aquí

    7. Theme de WordPress: escoger qué tipo de casa puedo construir

    8. Secciones del sitio: qué puertas necesita mi casa digital

    Bloque 3: Diseño base y estructura inicial

    Aquí la casa empieza a tomar forma. El theme, las estructuras de página y las plantillas no son solo decisiones visuales: también condicionan cómo se lee, cómo se recorre y qué tan fácil es convertir una idea en una publicación habitable.

    9. Estructura de la página de inicio: qué debe ver alguien al llegar

    10. Estructura del blog y del archivo: cómo se navega lo publicado

    11. Tipos de posts: de los formatos clásicos de WordPress a todas las formas que puede tomar una idea

    12. Plantillas de entradas: cuando exponer una idea concreta necesita estructura propia

    Bloque 4: Arquitectura editorial

    Una vez que la casa empieza a tener forma, toca revisar qué vive dentro. Este bloque mira el archivo existente, detecta temas que se repiten, reconoce territorios editoriales y empieza a ordenar el contenido sin forzarlo todavía a una estructura definitiva.

    13. Inventario: qué tengo publicado y qué me dice de mí

    14. Los territorios editoriales de mi blog

    15. Categorías: los cuartos principales de la casa

    16. Series de lectura: porque no todo cabe en categorías

    17. Etiquetas: marcadores internos con potencial hacia afuera del sitio

    Bloque 5: Páginas, navegación y recorridos

    Una cosa es tener contenido y otra es hacerlo navegable. Este bloque piensa las páginas, menús, rutas y conexiones internas que ayudan a que el sitio no sea solo un archivo acumulado, sino una casa donde se pueda entrar, avanzar, volver y encontrar relaciones entre ideas.

    18. Páginas estratégicas: las habitaciones que no son posts

    19. Barra de navegación: las puertas principales

    20. Footer: el mapa discreto de la casa

    21. Enlaces internos: los pasillos entre ideas

    Bloque 6: Herramientas, criterio y medición

    Este bloque revisa las herramientas que sostienen el sitio. No como decoración ni como acumulación de funciones, sino como decisiones prácticas: qué ayuda, qué estorba, qué vale la pena conservar y cómo empezar a escuchar lo que el sitio dice cuando ya está funcionando.

    22. Plugins: herramientas, no decoración

    23. Yoast: optimizar sin escribir para semáforos

    24. Jetpack: la navaja suiza de WordPress

    25. Google Site Kit: escuchar lo que el sitio empieza a decir

    Bloque 7: SEO y optimización

    Aquí entra la parte más SEO, pero ya con una idea más clara de qué es el sitio y cómo debe funcionar. La idea no es escribir para Google, sino hacer que la casa pueda encontrarse sin traicionar lo que se escribe.

    26. Descripción del sitio: decir qué es esta casa en pocas palabras

    27. SEO técnico básico: que la casa pueda encontrarse

    28. SEO de imágenes: que lo visual también sea encontrable y legible

    29. SEO editorial por post: cómo optimizo sin traicionar lo que escribo

    Bloque 8: Cierre / nueva versión del sitio

    Después de ordenar, mover, revisar y optimizar, toca mirar qué cambió. Este bloque cierra la serie y permite comparar la casa antes y después.

    30. Lo que cambió después de poner al día mi blog


    Última actualización

    20 de junio de 2026.


    Este post funciona como índice vivo de la serie. Conforme avance el proyecto, iré agregando enlaces, ajustes y nuevas notas para que la ruta también documente sus propios cambios.

    B.


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  • ¿Qué es más importante: la constancia o publicar con intención?

    Publicar más no siempre es publicar mejor.

    Hay una diferencia enorme entre publicar por estar presente y publicar sabiendo para qué.

    A propósito de eso, me encontré con una story de Instagram de Adam Mosseri, Head of Instagram en Meta, donde responde una pregunta muy sencilla pero bastante útil para pensar la creación de contenido: ¿qué importa más, la constancia o publicar con intención?

    Aunque la pregunta nace en el contexto de redes sociales, creo que la reflexión aplica igual para cualquier proyecto editorial, creativo o profesional donde producir contenido no debería tratarse solo de “estar presente”, sino de saber para qué estamos publicando.

    B.

    Yo diría que publicar con intención. Creo que muy seguido la gente siente que tiene que publicar algo, o simplemente publica. Están intentando conseguir más alcance, pero realmente no tienen claro para qué quieren ese alcance.

    Ahí está el punto. Estás intentando vender un producto, construir una marca, evangelizar una causa, construir una comunidad.

    Tu contenido, sí, quieres que tenga mucho alcance, pero idealmente también estás tratando de lograr un objetivo. Y si no eres intencional respecto a cuál es ese objetivo, a veces puedes terminar persiguiendo alcance a costa de ser claro. Es cierto que la constancia ayuda, pero creo que la intención es más importante.

    – Adam Mosseri, Head of Instagram en Meta

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  • El post sobre el post que no escribí ayer

    Sobre cómo una interrupción de un día no corta del todo el hilo: solo revela otra forma de seguirlo.

    La cosa es así.

    Según yo, me había propuesto escribir diario durante 7 días. Así, al hilo. A ver si me salía.

    Un poco para ver si tenía ganas de hacerlo —que sí—. Un poco para ver si encontraba temas de qué hablar —que también—. Porque igual creo que ya lo he dicho antes: la cosa no es que me falten temas. Más bien pienso en tantas cosas que, al querer desarrollarlas todas, eso es lo que luego me deja medio pasmado.

    Pero bueno, no pasa nada.

    El chiste es que el día de ayer no publiqué.

    No por no querer, sino porque fue un día fuera de lo común y eso cambió la dinámica.

    Hoy, aunque ya fue —o digamos que es— un día más regular, tampoco tiene la misma dinámica que un día entre semana. Porque bueno, el día en que se escribe esto es fin de semana. Y eso está bien, porque también me está haciendo conocer esta dinámica de escribir diario.

    O sea, parece muy obvio, pero en la práctica descuidé que también la atmósfera, el contexto, la situación o la vibra de cada día hacen fluir o atoran un poco la dinámica de ponerme a escribir.

    Vamos, incluso no suena como algo tan trascendental, si quieren. Pero ahí está. Y es cierto.

    Y eso me hizo pensar.

    Porque en temas de trabajo —en algunos proyectos me toca trabajar con contenidos— lo ideal es producir todos los materiales de un jalón, o al menos la mayor cantidad posible. Y ya cuando están listos para ver la luz, pues obvio no se publican manualmente uno por uno. La tecnología ya te da la facilidad de dejarlos hechos, dejarlos programados y que se publiquen y distribuyan solitos.

    Pero esa no era la intención inicial de este ejercicio.

    El punto no era armar un sistema de publicación. El punto era quitarme el óxido y hacer de esto un hábito.

    Y justo el no haber escrito ayer, más la cosa irónicamente poética de que hoy escriba sobre por qué no escribí ayer, me dejó pensando en algo que parece obvio, pero que por lo mismo a veces uno no ve:

    Escribir diario no es lo mismo que publicar diario.

    Lo cual, abre una tensión medio rara.

    Porque tal vez sí podría hacer lo que hago en proyectos de contenido: dejar varios textos escritos y programados de una sola vez. Eso resolvería la continuidad visible. El blog se seguiría moviendo. Habría una publicación diaria. Todo bien.

    Pero entonces me pregunto si eso sería hacer trampa.

    O no trampa, porque tampoco estamos en la primaria y nadie me está revisando la tarea. Pero sí me pregunto si eso sería traicionar un poco el espíritu de lo que estoy intentando hacer.

    Porque justo lo que quería era escribir un post diario durante al menos 7 días. Y si todo salía bien, seguirme con otra serie más larga, y luego otra, y así ir haciendo el hábito.

    No necesariamente “publicar algo diario” como quien alimenta una maquinaria de contenido.

    Sino escribir.

    Sentarme.

    Encontrar algo.

    Agarrarlo.

    Darle forma.

    Aunque sea poquito.

    Aunque sea torpe.

    Aunque sea sobre por qué ayer no escribí.

    Pienso en banda como Seth Godin, que según esto escribe diario, o al menos de lunes a viernes. Y lo admiro mucho. Pero también me pregunto si él escribe diario, publica diario, programa diario, o si más bien ya tiene tan aceitada la máquina que esas diferencias se vuelven menos importantes.

    Y luego están esos consejos que rondan por ahí en redes sociales, del tipo: “los escritores tienen rutinas de escribir ocho horas diarias”, “si quieres escribir, escribe diario”, “la disciplina le gana a la inspiración”, bla, bla, bla…

    Y no sé si confiar o sentirme medio estafado.

    Porque sí: suena muy bonito. Pero una cosa es la frase motivacional y otra cosa es ver cómo se acomoda eso en la vida real, con días raros, fines de semana, pendientes, cansancio, cambios de planes y una cabeza que a veces trae más pestañas abiertas que navegador de diseñador buscando referencias.

    Pero bueno.

    Eso no quita que si alguien escribe diario, o si deja textos hechos y los publica programados, deje de ser buen autor o mal autor. No va por ahí. Cada quien encuentra su método, su ritmo, su manera de sostener lo que quiere sostener.

    Lo que yo estoy intentando entender es qué necesito yo en este momento.

    Y creo que, por ahora, necesito escribir.

    No producir en bloque.

    No optimizar el flujo.

    No convertir esto en una parrilla editorial de mí mismo.

    Todavía no.

    Ahorita el motivo-propósito —por decirlo de alguna manera— es desoxidarme. Hacerme el hábito. Recuperar el músculo. Volver a agarrar flow, momentum y todas esas palabras que suenan medio mamonas, pero que cuando aparecen sí se sienten.

    Ya después podré escribir de cualquier tema que quiera agarrar.

    SEO, blogs, trabajo, ideas, música, azoteas, lo que sea.

    Pero antes de eso necesito volver a sentarme acá y hacer que salga algo.

    En fin.

    De pronto esto se volvió medio rant, medio análisis y medio confesión de proceso. Pero lo más importante es que, al final del día, pensé que no iba a tener tema de qué hablar.

    Y aquí estoy.

    Escribiendo sobre por qué no escribí ayer.

    Y sobre algunas ideas que eso me detonó.

    B.


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